Micro-relato - Jornada de la Juventud en Rio de Janeiro

Los recuerdos de Facebook a mi me encantan. Me gusta volver a leer pensamientos que tuve años atrás, reencontrarme con esa China a la que no llamaban China, verme desde otra perspectiva.

Hace unos días, chequeandolos, me llegó el recuerdo de que hace 7 años viajaba a Brasil a la JMJ (Jornada Mundial de la Juventud).

Hoy me encuentro un poco lejos de la Iglesia como institución, estoy en un periodo de dudas y replanteos, pero no puedo dejar de sentir que fue una de las mejores experiencias de mi vida y agradezco el poder haberla vivido.

En 2013 era muy practicante. Estaba en grupos misioneros, coordinaba confirmación, organizaba retiros para adolescentes, era mi auge católico. En todo esto Francisco había sido elegido Papa unos meses atrás y me llenaba de orgullo que fuera argentino el representante de la Iglesia a nivel mundial.

Conocía la JMJ y su movida porque mi hermano mayor había viajado a Roma en el marco del mismo evento y el jubileo del 2000. En ese momento íbamos a colegio religioso y su viaje fue organizado por la institución.

No sé cuándo fue que escuché que esta vez la JMJ era en Río de Janeiro. Seguramente en algún noticiero que mencionaba que el Papa Francisco iba a estar en Latino américa. Fue ahí cuando me nació la idea de ir. Empecé a investigar, buscar presupuestos, compinches que se sumen a la locura, pues corría marzo y faltaban menos de 5 meses. 

Purísima Concepción, la Parroquia a la que iba, no organizaba viaje grupal. En cambio, la Catedral de San Isidro, a la que a su vez pertenecía mi Parroquia (es como una red, otro día les cuento las jerarquías católicas), sí estaba armando un grupo. Averigüe pero el precio era en dolares y no podía costearlo con mi trabajo. 

En una merienda de la facultad comenté a mis compañeras que quería ir pero no sabía como. Deboh, me dijo "mi Parroquia va, pregunto si te podes sumar y te aviso". Y así fue como me sumé a un viaje grupal con gente que no había visto nunca en mi vida. 

Viajé con los Teatinos de Argentina, una congregación católica que no conocía. Eramos MUCHOS. 100 personas de La Plata, Boulogne y Empedrado. Teníamos buzos y remeras distintivas, nos organizábamos en mini grupos para conocernos mejor y acompañarnos. 

Nuestro hospedaje era en la comunidad de Nossa Senhora do Loreto. Algunos se quedaron en colegios, otros en terrenos de la iglesia y otros en casas de familia. A mi me tocó ir al departamento de Jaque y Felipe. Una pareja recién casada, miembros de la comunidad, que me recibieron con un amor y hospitalidad inmensos. Vivir con ellos fue de lo más enriquecedor esa semana.

La JMJ me permitió turistear, conocí el Cristo Redentor y playas hermosisimas. Además, era la primera vez que pisaba Río de Janeiro. Pero, lo mejor, fue que conocí gente de muchísimos lugares del mundo. Caminar por Río era chocarse con banderas, escuchar idiomas distintos. Me sentía en ningún lugar y todos a la vez.

Hay una costumbre muy arraigada en estos viajes a intercambiar objetos, souvenires, recuerdos típicos de tu país por otros. Así fue como volví a casa con buzos, remeras, pañuelos, pines, estampitas, stickers que fui "trocando". El procedimiento era tan simple como escuchar que alguien no era de tu país y acercarte diciendo "troque?".

Tengo miles anécdotas y momentos felices de ese viaje. Vuelvo con la mente hacia atrás y me voy a un  lugar completamente feliz, donde derribé prejuicios, miedos y me salí de la zona de confort. Todavía me resulta extraño encontrarme en esa Lucía que se animó a tomar un avión sin conocer casi a nadie. 

Si tuviera que elegir un momento, sería la vigilia papal. Ese encuentro con Francisco iba a ser en un predio especial pero debido a fuertes lluvias, el campo se inundó y se pasó a la playa. 

Quizás suena increíble, pero me resulta inimaginable poder decir cuánta gente había en esa playa, a pesar de eso, no puedo olvidar el silencio. No deja de sorprenderme encontrarme rodeada de miles y miles de personas y poder escuchar solamente el sonido del mar. 



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