Feliz 2019

Hace algunos años viajé al norte con dos amigas. Surgió de la nada, ellas estaban organizando el viaje y me sumé a su ruta. Nos juntamos varias noches de diciembre entre mates, algunas cervezas y calorcito a mirar mapas, buscar información, trazar rayas en papeles y anotar direcciones de hospedajes en una libretita.

Un día de ese enero nos fuimos en un micro más lindo de lo que podíamos creer hasta Jujuy, unas cuantas horas sobre ruedas, pero lejos de incomodarnos, estábamos felices. Nuestras mochilas tenían mucho espacio para cargarse con comidas, tradiciones, historias y costumbres. Ibamos dispuestas a caminar por la tierra, trepar, cruzar ríos, charlar, compartir mates y tortillas. Ibamos abiertas a conocer otra parte de nuestro país desde su gente, sus paisajes y comidas.

Todos nuestros sentidos fueron alertas, caminamos a la par, despacio y sin apuro. Evitando contratiempos y permitiéndonos siestas en plazas con vistas a montañas increíbles. En uno de nuestros hospedajes, si mal no recuerdo el último, el olor que había en la habitación quedo opacado por una frase pintada en la pared: "Uno siempre vuelve a los lugares donde amó la vida". Desde que la leí me quedé pensando en sus palabras.

Uno vuelve a donde amó la vida, los lugares pueden ser desde un tronco en el que te sentaste a la orilla del lago hasta el huequito que se forma entre el brazo y el pecho de la persona que amas, donde apoyas la cabeza. Uno vuelve, pero vuelve una vez que conoce y amó. Amó lo que vió, lo que sintió, lo que respiró. Pero siempre que vuelve es porque, logicamente, una vez fué.

Por eso, desde ese viaje, decidí que quería conocer el mundo. Esa experiencia fue la que me mostró que tenía mucho por delante, que tenía que arrancar a caminar y aprovechar cada oportunidad para recorrer nuevas rutas. Es por ese motivo que hoy en día, siempre me propongo conocer al menos un lugar nuevo cada año, y si hay posibilidad, volver a alguno que ame también.

Muchas veces volví a Córdoba, a San Martín de los Andes y a Uruguay. Porque ahí dejé un pedacito de mi, alguna raíz, algo que me hace sentir siempre en casa cuando llego. Ojalá en algún momento vuelva a Tandil y a mirar el Hornocal en Jujuy.

Mi objetivo de conocer el mundo tiene grandes obstáculos que cruzar, a veces uno no solamente necesita dinero para poder hacerlo, tiene que animarse también. Mis ganas son muchas, el dinero se junta, pero hay factores en los que entran en juego la superación personal, la valentía y la confianza. En eso trabajo todos los días un poco más, es que cumplir sueños no es fácil, es hermoso pero también da nervios y ansiedad, no?.

Hoy por hoy sigo viajando cuando el trabajo me lo permite. Espero algún día no depender de mis días de vacaciones para poder conocer tierras nuevas.

Por lo pronto, el 2018 me permitió avanzar con este proyecto que busca crecer todavía más. Contar mis viajes, relatar, dar consejos, guías y ofrecer crónicas. Asesorar viajeros e incentivar a los demás a que se animen y salgan a contagiar sus historias por el mundo.

En cuestión de destinos, el año me llevó por rumbos inesperados e increíbles. Hice dos grandes viajes: Perú y Colombia. Para quienes me conocen saben que en el Machu Picchu se cumplía uno de los grandes objetivos de mi vida, y así fue. Subí con lágrimas de emoción, agarrada de la mano de mi compañero de ruta que también tenía los ojos húmedos por la energía y presencia del lugar. También visité la costa atlántica de mi país en dos ocasiones con mi familia, retomando viajes en conjunto como cuando éramos chicos pero con las nuevas generaciones. Y finalmente, conocí una de las provincias de Argentina de las que más escuché hablar: Mendoza, tierra de vino y oliva. Cuna de la historia y libertad.

Espero que el 2019 me traiga nuevas oportunidades, viajes y escapadas.
Por lo pronto ya hay algunos pasajes emitidos para respirar aire fresco en algunos meses.

Que la vida nos encuentre en el camino!
Salud!

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