Diario de viaje: Crónicas Santiagueñas, misión en Brea Pozo Viejo I

21-01-2009

Es el tercer día. El lugar está lejos de ser como lo imaginaba; son unas cuantas hectáreas sufridas por la sequía. Hay grietas en el piso y en el predio de la escuela hay solamente un árbol que da buena sombra pero es imposible dormir la siesta o contemplar el lugar desde allí porque es casa de insectos de todos colores, tamaños y formas. Solamente por eso es que estoy en la galería, celeste igual que toda la construcción.

Elegimos el cuarto de la derecha por ser el más grande y tener un espejo chiquito y algo sucio en una pared. Las mesas que funcionan de pupitres están contra el fondo y en el medio instalamos las bolsas de dormir y los colchones inflables. Había pequeños orificios en la unión del piso con la pared pero nos encargamos de taparlos con bolitas de papel por miedo a que se metan bichos mientras dormimos. También perfumamos el lugar con insecticida y espirales.

El cuarto de los chicos es más chico y funciona como lugar de oración por las mañanas. La cocina es chiquita y oscura, hay una especie de mesada donde ubicar los leños y una olla gigante; no hay electricidad, por ende no tenemos heladera. Hay una sola en el pueblo, en la casa de una familia a diez cuadras de nuestro hospedaje. Comunicado con la cocina hay un cuarto con dos tablones de madera y cuatro bancos que usamos para comer. Tampoco tenemos agua potable, ni canillas, por eso en el medio del gran parque de tierra seca, en diagonal al bloque de cemento que funciona de escenario en los actos escolares y frente a la imagen de la Virgen María, hay un aljibe. "Hace unos cuantos días que no llueve", nos dijo la gente del lugar y lo notamos porque el balde baja y baja, baja y baja y cuando se cansó de bajar, ahí recién se torna pesado.

El baño merece un punto aparte. Está al fondo del terreno, cerca del árbol que da sombra. Es un cuartito chiquito dividido en dos: mujeres y hombres, pero usamos todos el mismo porque el de varones está ocupado por una tarántula gigante que nadie se atreve a matar. El piso es de tierra, solo hay paredes y un techito. En el medio hay una especie de asiento de cemento, una letrina en altura. Si miras hacia abajo se ve un gran pozo. La ducha la inventamos. Está en otro cuarto, un galpón donde con ladrillos hicimos un fuerte para que el agua no se expandiera por todos lados. Juansa trajo una ducha portátil así que cargamos agua del aljibe y nos bañamos de a dos, rápido, antes de que se acabe. Nunca me di cuenta de lo imprescindible que es tener un baño en condiciones.

Los brazos me están matando por la alergia, me pica todo; no sé si culpar al protector solar o al agua. Creo que hoy no voy a comer para descartar el agua.

Es muy lindo todo esto pero no estoy segura de que sea para mí, creo que tengo demasiados problemas psicológicos para estar en un lugar tan arriesgado, además tengo tiempo de sobra para alimentar mi demente hipocondría. El miedo a que me pique un bicho venenoso o a enfermarme es terrible. De día es todo perfecto pero las noches me hacen mal, me siento invadida por el pánico, alucino todo el tiempo que me voy a despertar con una vinchuca entre las sábanas. Extraño mucho. Al lado de mamá siento que soy inmortal, que estoy protegida de cualquier ataque. Acá me siento indefensa y expuesta a todo lo que me pueda hacer mal.

La gente es increíble en todos los aspectos posibles. Educada, respetuosa, amable, cálida, humilde y hospitalaria. Nos traen comida, nos visitan, nos invitan a sus casas, nos saludan si nos cruzan caminando por ahí; es muy diferente a Buenos Aires. Es chocante ver lo felices que son por no depender de todo lo que nosotros dependemos y saber que comparado con ellos tengo de todo y lo poco que tienen, lo comparten. Me hace sentir tan egoísta y me da tantas ganas de poder cambiar, llegar a ser aunque sea la mitad de humilde. Creo que soy totalmente ignorante, necesito tantas cosas para estar bien y acá es todo tan simple; se divierten jugando a la escondida, a las carreras, a la mancha; no necesitan una play o una computadora y pueden reírse con franqueza.

Todo es tan distinto. Los chicos andan solos, conviven con los animales sin miedo, se conocen entre todos y son muy afortunados, tienen un tesoro maravilloso: el mejor cielo del universo. Vi tantas estrellas que no me daban los ojos, descubrí por primera vez algunas constelaciones, admiré la velocidad a la que se mueven los satélites y pedí más de treinta deseos gracias a la cantidad de estrellas fugaces. Si hay algo que quiero acordarme de por vida es la inmensidad de este cielo oscuro, casi negro, lleno de puntitos plateados.

El silencio que hay es espectacular. No soy muy amiga de la calma pero siento algo maravilloso cuando me siento sola en algún lugar y no escucho nada de nada. Se me vacía la cabeza, me desaturo, me desahogo, me libero. Puedo parar, mirar, entender lo que siento y explotar de felicidad dejando atrás todo lo que me pesa, molesta, abruma y preocupa.

22-01-2009

"Aprendan que no pueden hacer que alguien los ame", es una frase de la oración de esta mañana. Me sirvió como disparador para pensar un par de cosas que no vienen al caso, estoy sintiendo tantas cosas.

Ayer el día terminó siendo bastante complicado. Me dio más alergia en las piernas y la cara. Me angustie mucho. Para colmo me picó una araña, si, en un rato seguramente sentiré que me estoy muriendo y va a ser todo gracias a mi cabeza que no para un segundo de imaginar.

En un momento de la tarde hablé con Naza sobre el verano pasado, le conté todo y no me retó ni se enojó. Me escuchó hasta que no me quedó ni una palabra adentro, me comprendió como pudo y me dijo lo que pensaba. "No entiendo como alguien puede querer más a otra persona que a sí mismo", obviamente no supe que contestarle, la herida está abierta y si supiera sentirlo de otra manera no tendría nada para contarle. Creo que hice bien en cerrar esta etapa con él. Me sacó un peso de encima, se quedó con el cuaderno y sentí que me dejaba volar. Lo quiero tanto, es el mejor.

Al anochecer pusimos música en un grabador que trajimos, nos subimos al escenario con las chicas y empezamos a bailar. Los reflectores de la galería estaban apagados teníamos frente a nosotras la inmensidad del cielo, el campo y la música. Fue perfecto, no podía pedir nada más. Me sentí fuerte.

Lo destacable del día fue que Mati, uno de los chicos de acá, nos trajo su cabrito para que comiéramos. Ver al animalito muerto arriba de la mesa me impresionó tanto que me negué a probar bocado, hasta que Cucu me contó que era la mascota de Mati. Peor? no sé. La angustia era inmensa pero el gesto de amor también. El nene sacrificó a su cabrito para que nosotros dejáramos el guiso por un día y comiéramos carne. Lo invitamos a cenar con nosotros pero insistía en que era un regalo. Finalmente lo convencimos. Sentí ganas de llorar. Nunca presencié un acto tan noble y puro.

Dar lo que sobra es fácil. Compartir cuando no sobra es lo valioso.





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