Diario de viaje: Guatraché, La Pampa







En una clase de la facultad nos pidieron investigar un tema y escribir una crónica como trabajo final. Un compañero propuso indagar en la religión menonita y tras informarnos un poco sobre el tema se lo propusimos al profesor. Nos aprobó el sumario con una condición: viajar a una de las dos colonias que existen en Argentina para ver cómo viven en las comunidades. No hubo marcha atrás, parecía ser uno de esos viajes que nunca se van a concretar pero de pronto, un viernes a la mañana estábamos todos en el auto camino a La Pampa.

Fueron diez horas entre rutas y pueblos, entre Spinetta Los Redondos, hasta que llegamos a Guatraché. Al este de La Pampa, en el límite con Buenos Aires y a 171 km de Santa Rosa se encuentra la localidad más cercana a la Colonia Nueva Esperanza.

Guatraché es pueblo, pueblo de casas bajas y boulevares. Pueblo que duerme la siesta y vive puertas adentro los domingos. Pueblo frío y silencioso.

Eran las 3 pm y no había lugares dónde comer, una estación de servicio un poco abandonada era lo único con las puertas abiertas. El almuerzo fueron unos sándwiches envasados que nos costaron a precio turista, pero no teníamos otra opción. Siempre me quedará la duda de si el costo de vida en Guatraché es elevado o si nos vieron caras de no ser lugareños.

Camino a nuestro alojamiento me llevé la linda sorpresa de encontrar un Club Atlético Huracán de Guatraché. Me llena de orgullo cada vez que veo el escudo más lindo del mundo en diferentes lugares.

El complejo dónde nos hospedamos quedaba al final de 11 kilómetros de una ruta oscura, sin ninguna luminaria. Recuerdo una curva, pastizales y nuestras ruedas transitando. Llegamos a un portón de madera y nos recibió Ilona, dueña junto a su marido Laszlo, del Complejo Termal Laguna de Guatraché.

Ilona es alemana, Lazlo húngaro. Tienen entre 60 y 70 años. Viven en Argentina hace 17 y desde entonces tienen el hotel y la cabaña a orillas de la laguna que según dicen "tiene un fango con más propiedades curativas que el Mar Muerto". No pudimos comprobarlo porque el frío era demasiado intenso, tanto que casi no nos acercamos a la orilla. Pero nos fuimos con la invitación eufórica de Ilona de volver en verano para sumergirnos.

El hall del hotel era el living de su casa. Madera, un hogar dónde crispaba la leña, Lazlo leyendo el diario, Ilona tejiendo. Cuadros, fotos, recuerdos de sus origenes, del viejo continente, en un lugar tan remoto de nuestra inmensa Argentina.

La cabaña estaba a unos 50 metros del lugar principal. Ilona nos dijo que tuviéramos cuidado con los pumas y jabalíes que rondaban por el bosque. Nos indicó como actuar en caso de ver alguno. Realmente nos asustamos así que procuramos no salir por la noche.

Una cocina con un sillón cama, una habitación con dos camas más y un living con otras dos. Modesto, sencillo pero con buen precio y la posibilidad de cocinar nosotros, aunque terminamos comprando todas las comidas en una rotisería del pueblo.

La misma noche en que llegamos heló. Nos tiritaban los huesos, el auto se cubrió con una capa de hielo. Hablamos con Ilona y ella nos arregló la visita a la Colonia Nueva Esperanza y a cambio nos pidió que le trajéramos leche en dos botellas de vidrio que procuró darnos antes de salir.

Ilona comparte orígenes con la gente de la colonia, ella no practica de esa manera la religión pero la respeta. Tiene una posición muy firme en cuanto al aislamiento de la gente: para ella está bien, lo avala, lo acepta tanto como ellos aceptan que afuera hay un mundo que vive de otra manera. Lo ve como una opción de vida, otra forma de transcurrir por esta tierra, otra filosofía de vida. Y realmente, lo es.

A la mañana, casi al amanecer, nos levantamos y nos encontramos con Estela, nuestra guía. Ella es ornitóloga y vive en Buenos Aires pero hay épocas en las que trabaja en Guatraché llevando gente a la colonia para que vean el modo de vida que se lleva a cabo ahí. De tantos años recorriendo ya forjó amistades que muchas veces se basan en señas, sonrisas y reconocimientos pero pocas palabas.

La Colonia Nueva Esperanza es la primera que se fundó en Argentina, en ella hay 7 campos, cada uno con sus casas, su escuela, su cementerio y su Iglesia. La religión menonita es la más antigua de las evangélicas, se podría considerar el ala radical de la reforma protestante.

Sus costumbres, vestimentas y principios de vida van a otro ritmo. Logran vivir de una forma completamente diferente a la del mundo globalizado del siglo en el que vivímos (casi) todos. Los campos son enormes y puros, cosechados, de colores, con las máquinas listas para la jornada laboral.

Las construcciones son sencillas, austeras, carecen de lujos. Se tiene lo justo y necesario para satisfacer las necesidades del día a día. Nada de ostentaciones, nada de privilegios.

La paz es absoluta, los únicos sonidos son los de los motores a nafta y el viento.

Nuestra primera parada fue en una fábrica de embutidos, dónde nos recibió su dueño. La gran mayoría de los menonitas hablan un dialecto que surge del alemán, pero los hombres de familia aprendieron el español debido al comercio. El dueño del lugar nos mostró su negocio, chiquito, con paredes grises y todos sus productos colgados de vigas de madera, enlistandose para poder ser disfrutados. Noté un freezer a un costado y aunque mi cabeza no estába programada para notar que esos artefactos necesitan energía eléctrica y los menonitas la tienen prohibída, nuestra guía aclaró en voz alta que como podíamos ver, junto al congelador había una garrafa: si, el freezer era a gas.

Si bien viven bajo la premisa de evitar todo tipo de nuevas tecnologías, como con los artefactos electricos y electrónicos, los tractores utilizados para el trabajo de la tierra son de última generación, pero cuentan con un detalle: les quitan las gomas a las ruedas, dejando solamente el armazón de hierro para que el trabajo implique esfuerzo ya que de esta forma, mediante su labor realizada con esmero y dedicación es que le demuestran gratitud a Dios por su estadía en la Tierra.

La visita siguó con recorridos por calles de tierra observando desde las ventanillas del auto las casas con los carros de madera y contenedores de leche en las puertas.

Nuestra segunda parada nos llevó más tiempo. Nos detuvimos en la casa de la familia Harder donde Katherina, la madre, nos recibió y agasajó con una comida servida en una larga mesa de tablones de madera.

La casa era un gran rectángulo dividido por paredes interiores. Estaba escaso de muebles, unas cuantas sillas junto a la gran mesa de madera, dos sillones y un reloj colgado en lo alto de la pared de entrada. Nos comentaron que la vida se rige de acuerdo al sol y es por eso que no necesitan luz eléctrica.

El menu eran varenikes amasados por nuestra anfitriona, una especie de torteleti un poco más grande de origen alemán, acompañados con salda de tomáte y pan casero recién salido del horno. Para tomar había dos botellas: Coca Cola Sprite. Luego de una mañana pensando en lo restringido que era todo, este dato llamó mi atención. Cuestioné a Katherina y entre risas respondió que lo normal es que quien no vive allí piense que no tienen nada de contacto con el mundo exterior, pero que en realidad muchos productos solamente los consiguen comprandolos a grandes marcas como las bebidas, el café o el shampoo.

Pasé al baño y mi instinto fue el de buscar el interruptor para prender la luz. Me reí sola al acordarme que no iba a encontrar ninguno y pensé en tener que ir en medio de la noche. Allí comprobé lo que decía Katherina rato antes, en la ducha, sin cortinas, se veía un frasco de Suave.

Mientras tomábamos un café, Katherina y su nuera empezaron a preparar las masas dulces para la tarde. La más jóven se sorprendió al saber que yo tenía su misma edad y no estaba casada. Yo me sorprendí a la inversa.

Atravezamos el patio seco y entramos a la fábrica de muebles de la familia. El trabajo de la madera es una de las actividades en la que más se destacan en la Colonia. Al realizarse todo de forma manual logra acabados hermosos inalcanzables por las máquinarias de cualquier taller. Es por esto que tienen mucha demanda del pueblo.

Nos despedimos y visitamos una zapatería chiquita con un fuerte olor a cuero y pegamento. Los diferentes modelos estaban a la vista, todos sencillos, todos bonitos. Nos recibió el dueño con sus siete hijos: dos mujeres de 15 y 14 años, tres chicos de 12, 10 y 9 años, un nene de 3 y una nena de 1.
No había terminado de saludar cuando uno de los chicos tocó en el brazo a uno de mis amigos y gritó "LATZ" lo que significaba que desde entonces, estábamos todos jugando a la mancha. Terminamos tirados en el pasto, cansados de correr.

Visitamos otra maderera, un depósito de fabricación de silos y luego fuimos a la Iglesia. Su construcción respeta las normas de simpleza y austeridad. Al no profesar la misma fe no podemos ingresar pero por las ventanas pudimos observar los bancos de madera sin respaldo y la carencia de simbolos e imágenes. La fe menonita no cree en simbolismos por eso todo pasa por dentro de uno.

Nuestra última parada fue el mercado: un almacén enorme dónde había todo tipo de productos: desde ropa y calzado hasta dulce de leche y mantequilla de maní caseros o los cuadernos de actividades que los chicos utilizan en las escuelas.

Compramos un pote de cada uno de los dulces y resultaron ser, como esperabamos, deliciosos. La realidad es que todo era muy accesible, los zapatos de cuero para niños costaban $50.

Allí también se vendía el diario menonita, único para todas las personas de la religión, que se imprime en Canadá, por lo que las noticias generalmente llegan tarde. El periodico funciona como medio de comunicación entre familias que se encuentran en diferentes países y noticias sobre miembros de las comunidades.

Cuando el sol estaba cayendo por el costado de la ruta decidimos emprender el regreso a la cabaña para poder descansar y retomar la ruta que nos traería de vuelta a casa al día siguiente.

Fue una experiencia única, un viaje fuera de lo común a un lugar muy diferente al mundo en el que vivo. Realmente fue como viajar al pasado.

Al investigar de antemano uno llega con miles de prejuicios, dudas y pensamientos, pero solo después de verlo con los propios ojos y escuchar de primera funte las historias, se puede llegar a tomar una postura.

Mi recomendación es: SI ALGUNA VEZ TENES LA POSIBILIDAD HACELO. Pero por favor, se consciente de que no vas a visitar un zoológico. Vas a visitar un pueblo, vas a vivir un día en la vida de una persona que sencillamente tiene una cultura muy diferente a la tuya. La aclaración surge de que la visita la realizamos junto a una pareja con su hijo menor y la abuela que realmente llegaron a avergonzarnos con su comportamiento: tocaban el pelo de las nenas como si fueran de otro planeta para admirar sus perfectas trenzas, incitaban a su hijo a darle caramelos a los nenes con frases que me recordaban a cuando mi papá me daba maní para darle a los elefantes en el Zoo porteño, invadían espacios privados y realizaban preguntas fuera de lugar.

Volví más educada y muy interesada en las costumbres y tradiciones. Realmente me resulta muy interesante el cómo es la educación en las escuelas, cómo son las celebraciones religiosas, cómo se festejan los casamientos, cómo se realizan los funerales, cuáles son las costumbres familiares, qué negociaciones tuvieron que realizar con el Gobierno para radicarse en nuestro país, cómo se expandieron por el mundo, qué otras colonias hay y las distintas ramas en las que, por la invasión de la globalización, se dividió la religión.

PH Paula Loughry y Nacho Czaban

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