Diario de viaje: Pa'l norte me voy








En el verano del 2015 con mis amigas decidimos ponernos las mochilas y caminar el norte. Era un viaje que soñaba con hacer hace mucho tiempo pero nunca encontraba la compañía. El universo coordinó para que sucediera. Me deslumbró, mi cabeza dejó una parte de ella allá, el corazón se me llenó de amor por mi país, entendí cuánto nos cuesta valorar los lugares hermosos que tenemos y que no, no tenemos porqué envidiarle nada a nadie, somos ricos de cultura, hospitalidad, historia, tierra y creencia.

Antes de viajar

Soy de esas personas que creen que todo lo que tenga que ver con el viaje, es parte. Para mi arranca todo con la planificación, mirando los lugares, decidiendo el itinerario. De ahí en adelante todo se disfruta. Hasta las horas interminables que podes pasar arriba de micros, trenes o aviones. El trayecto también es hermoso, hay que amar más la trama, no solo el desenlace.

Con las chicas nos juntamos varias veces. Teníamos la guía de viaje que la hermana de Agus había hecho un tiempo atrás. Miramos fotos de muchos lugares y decidimos cuales queríamos visitar. El hospedaje y los trayectos internos los dejábamos al azar, con algunas referencias pero nada concreto. Íbamos con la idea de caminar y disfrutar sin que las reservas nos ataran. "Si nos gusta mucho Purmamarca nos quedamos el tiempo que queramos y después vamos para Tilcara", así era nuestra postura, sin días fijos.

Mica se encargó de sacar los pasajes. No sabemos bien cómo pero por una diferencia de $100 nada más conseguimos un micro cama que nos llevaba a San Salvador de Jujuy. Cuando subimos, contra todas nuestras expectativas, teníamos todas las comodidades. Nos dieron la cena con cerveza, nos ofrecieron todo tipo de gaseosas y agua. Los asientos eran reclinables por completo, con almohada, manta, auriculares y pantalla individual con películas, series y música. A la mañana nos dejaron el desayuno y al mediodía nos llevaron a almorzar a un parador dónde teníamos todo incluido, hasta la bebida y el postre. No queríamos bajarnos.

Primera parada - San Salvador de Jujuy - Purmamarca

Llegamos a la nueva estación de micros de San Salvador pero al ver el lugar preferimos buscar directamente un micro que nos lleve a Purmamarca. Para eso tuvimos que tomar un remis que nos llevó a la vieja estación. Veníamos con la cabeza llena de prejuicios, miedos, "que el norte esto, que el norte aquello" y realmente no la pasamos bien.

Por fin llegó nuestro micro y nos lanzamos hacia Purmamarca.

Purmamarca significa "Tierra virgen". El paisaje es hermoso y conserva su antigua autenticidad de adobe, paja y tierra, pero el turismo resalta mucho entre la naturaleza tan pura y ensucia el lugar.

La primera noche nos quedamos en La Casa Encantada de Bebo Vilte, un hostel que no era muy accesible por lo que ofrecía, pero el único con habitaciones disponibles a la hora que llegamos.
Nuestro cuarto estaba al fondo, con tres camas de hierro y una ventana. Daba la sensación de película de terror. Para el baño teníamos que cruzar un patio de tierra donde había algunas carpas.

Al día siguiente salimos a conocer. Hicimos el camino de los colorados con una vista increíble.
Lamentablemente sufro de mucho miedo a las alturas y me quedé con las ganas de subir al Cerro Morado, pero si me animé a subir al mirador para ver el Cerro de los 7 Colores. Una maravilla, la ciudad de casas bajas y chatas parece de juguete desde arriba.

Purmamarca tiene un clima raro, de a ratos el sol te enceguece y el calor es apenas tolerable pero al instante una llovizna empieza a cubrir todo por minutos. Siempre hay que llevar una campera por las dudas en la mochila, porque en cualquier momento las nubes pueden aparecer.

La plaza principal tiene ambiente de casa. Se dispone al encuentro entre lugareños y visitantes. Grupos tocando la guitarra, chicos vendiendo panes rellenos, nenes jugando en las trepadoras, otros tomando mate, alguna que otra birra también, señoras con llamas para sacarse fotos, otras vendiendo las mejores empanadas de carne del mundo.

Nuestro recorrido al Camino de los Colorados nos llevó a recorrer entre montañas todo el contorno del pueblo. Nos llenamos la memoria de lugares que nos impactaban en nuestros primeros días. Y al bajar pasamos por el cementerio. La cultura del recuerdo a los muertos es muy diferente. Las flores de plástico de colores inundan el lugar, las placas están llenas de fotos y sobre las tumbas hay vasos, gaseosas, comida y cerveza.


Cuando salimos, notamos que nuestro hostel lindaba con el cementerio. Más precisamente, la pared de nuestra habitación era medianera. Entendimos un poco el concepto de "Casa Encantada". Ya habíamos decidido cambiar de hospedaje y somos tan valientes que esto lo confirmó.

Fuimos a Mamá Coca, a la entrada del pueblo junto a la estación de micros. Es una casa bordó atendida por dos señores mayores. Tiene un comedor de madera, un patio interno, pocas habitaciones y un kiosko. La primera noche compartimos habitación con un chico francés de 18 años, había terminado el colegio y antes de arrancar con la vida adulta se aventuró a conocer Sudamérica. La segunda noche compartimos con una chica con la que no hablamos.

Mamá Coca nos dio uno de los mejores desayunos del viaje. Café con leche servido en tazones enormes, rodajas de pan casero tostadas, manteca y mermelada casera.

Visitamos Entre Amigos, un bar que funciona como peña donde el Duende Cardozo toca zambas, rock y chacareras.

Desde Purmamarca tomamos una combi que nos llevó entre las montañas hasta el Salar Grande.

Como había llovido todo el suelo estaba repleto de agua, lo que lo hacía más lindo pero doloroso al salir y sacar los pedacitos de sal que se clavaban como vidrios en la piel.
Es majestuoso, el cielo se refleja en el suelo y mires donde mires ves blanco y celeste.
"Piedritas, ladrillos de barro, calles de tierra. Construcciones de adobe con paredes lisitas e irregulares. Los cerros bordeando todo, cercando y aislando a Purmamarca del resto del universo. Encantándolo con sus vistas de nubes atravesadas por picos y cardones a lo alto. El sol asomandose mientras caen gotas de una tormenta pasajera y ventosa que no impide para nada disfrutar del encanto. Los olores a empanadas y tortilla, el folclore con ritmo tropical y las guitarreadas de los viajeros en la plaza principal. Purmamarca es eso y es colores, aguayos, llamas. Es fucsia, violeta, azul, verde. Es madera y ocre. Artesanos y Pachamama. Purmamarca es leyenda, origen, nacimiento. Acá volví a la tierra pura. A mi Argentina hermosa."

Segunda parada - Tilcara

Tilcara tiene muchas subiditas, calles de tierra y de adoquines, pinturas en las paredes y magia. Para mi tiene magia en el aire. A las chicas no les gustó mucho, veníamos de una tierra prácticamente virgen y nos topamos con más turismo, más bares, más vendedores. Pero para mi, el comercio no afectaba lo hermoso del paisaje. Seguíamos cercadas entre montañas, para donde mirábamos allá estaban los picos con mensajes escritos en piedras sobre las laderas.

Decidimos dormir en Wayra Hostel - Wayra significa viento. Nos lo habían recomendado y si bien el ambiente era muy juvenil, el costo estaba dentro del promedio y el desayuno no estaba mal. La cocina no funcionaba, las habitaciones no cerraban y las duchas eran sucias y heladas.

En Tilcara tuvimos frío por primera vez. Todos nos dijeron que en verano, en el norte, nos íbamos a morir de calor. Pero no, no fue así.

El patio de Wayra era muy lindo, a la noche comprábamos algo para comer y disfrutábamos de un grupo de varietés de teatro, Los Barriletes del Poeta, muy divertido.

En Tilcara está el Pukará, unas ruinas incaicas a las que se accede por senderos de piedras llenos de

cactus y cardones. Las casitas de los antepasados en su mayoría están reconstruidas. De poca altura y ladrillos de piedra.

La vista desde lo más alto es increíble, como todas las vistas que me topé en el viaje.

También fuimos a la Garganta del Diablo, una cascada provocada por el hombre que queda a 4 km en subida. La altura afecta un poco y el sendero es arduo pero vale la pena. Al llegar quedamos envueltas en una nube. Nos recomendaban hacer el camino rápido porque podía avecinarse una tormenta pero un lugareño nos dijo que no tengamos miedo, que disfrutemos.

La cascada es profunda y la ves desde un sendero que une dos montañas. Cuando salimos, descendimos un poco y bordeando un río seco llegamos hasta una cascada natural. 

Tercera parada - Humahuaca

Humahuaca está lleno de comercio. Puestos y puesto de gente vendiendo artesanías y comida. Está llena de colores por los balis, los aguayos, los adornos de barro y la quebrada que contorna la ciudad.

Los nenes se acercan y te cantan coplas por monedas en la plaza y los murales cubren todas las paredes.

Frente a la plaza una escalinata gigante te eleva a lo alto de un cerro donde se impone majestuoso un monumento. Al atardecer los faroles escoltan los escalones al igual que los puestos de artesanos.
"Puede preguntar señorita", se escucha todo el tiempo mientras caminas entre llaveros, gomitas de pelo, mantas, mochilas y pantuflas.


Nos quedamos en Hostal Humahuaca, un lugar muy lindo con un patio muy verde ideal para tomar mate. Pudimos cocinar y lavar la ropa. El desayuno está buenísimo. A la noche comimos con Fede y Camilo, dos uruguayos que habíamos escuchado tocar en un bar de Tilcara, con Lucía, una española que viajaba sola aprovechando las vacaciones del intercambio universitario que estaba haciendo en Argentina, y con Pedro y Samuel, dos brasileros.

Cuarta parada - Iruya

Ya lo dije en otros posteos. Iruya es un sueño.

Queda en el noroeste de Salta, frontera con Jujuy. El camino es en subida a 3 mil metros y de ripio.
Iruya tiene calles de piedritas, siempre empinadas, casi en ángulo recto. Está arriba coronando un río que a veces está seco y otras impide a los viajeros llegar.
Su encanto es su mito de las lluvias a las 5 de la tarde y su cerco de picos altos. Parece que estuviera colgada de la montaña. Todo es calmo, el tiempo transcurre despacio, con olor a pueblo y a historia.

Nos quedamos en el Hostel Clarisa, tres cuadras para arriba. Subir las mochilas fue un esfuerzo terrible. Las nubes suelen estar cerca y el viento suele ser fuerte.
Cuando el sol se esconde atrás del cerro donde está el Mirador de la Cruz el frío cala los huesos.

En Iruya confirmé una vez más que todo aquél que me dijo que en el Norte iba a tener calor se equivocaba. Llegué a ponerme 2 pares de medias, un suéter y un buzo.

A la tarde, mientras comíamos tortilla con mate en el mirador frente a la Iglesia amarilla de techo celeste, llegaron unos chicos que conocimos en Purmamarca y vimos después en Tilcara. Se hospedaron también en nuestro hostel motivo por el cual a la noche hubo, por fin, asado.

Organizamos el viaje para San Isidro del día siguiente y jugamos con Brisa, Luli, Jaz y Owen, chiquitos del lugar que vendían pochoclos en una caja más grande que ellos.

Quinta parada - San Isidro

San Isidro es un pueblo de 25 familias al que se llega únicamente caminando 8 kilómetros y subiendo una escalera de piedras que parece no terminar jamás.

Fue mucha la adrenalina y el cansancio que nos generó la caminata. Existen dos caminos diferentes: uno por la montaña, con curvas, precipicios y momentos en los que hay que escalar, y otro en el que te vez obligado a cruzar el río, con corriente fuerte, en más de una ocasión. Debido a mi vértigo no nos quedó remedio que ir por abajo, siguiendo las piedras, atravesando el agua haciendo cadena humana.
Tardamos cuatro horas en llegar. 

Todos nos recomendaron ir con un guía pero son muy caros, si se forma un grupo en el que haya 2 o 3 personas con fuerza se puede ir tranquilamente siguiendo el curso del agua. 

San Isidro tiene veredas eternas bordeadas por casas que son comedores y habitaciones de alquiler. No tiene luces por las noches. En el patio de una casa hay una canchita de fútbol que termina en un precipicio. La cancha y el vacío, abajo el río, en frente otra montaña.

Es una locura, parece de otro mundo. Es vida en medio de la nada, silencio de siesta, nubes bajas, frío y estrellas inmensas, casi tocándote los ojos. 

Comimos todos juntos, eramos un grupo de unas 20 personas, y salimos a recorrer entre senderos marcados de tanto caminarlos, burros, caballos, flores y plantas. 

Después armamos una ronda de mate en el jardín de una casa, al lado de la canchita y cenamos todos juntos en un comedor que nos llenó de empanadas y vino.

El cielo nocturno era hermoso pero duró poco. La altura hace que las nubes estén siempre al alcance de la mano y rápidamente hicieron de telón entre nosotros y las estrellas.

A la mañana siguiente emprendimos la vuelta. Tuvimos un percance y nos equivocamos de ruta: terminamos colgados de una montaña, teniendo que escalar un poco para poder bajar. No la pase bien pero el ánimo que me dieron todos me ayudó a poder superar el momento de fobia. 

Uno solo traspasa los miedos si los enfrenta, y que mejor que enfrentarlos acompañados por gente cálida.

Sexta parada - Volvimos a Iruya

Sin descansar mucho subí con un grupo del Hostel al mirador de los cóndores. Ya que había superado una vez mi fobia podía hacerlo dos ¿no?.

El camino es 1 hora en subida hasta la cumbre. Me dio un poco de miedo pero la realidad es que el frío me impidió pensar en otra cosa. Helaba. 
La vista era impagable. Los cóndores volaban sobre nosotros mientras mirábamos una Iruya que parecía casa de muñecas a lo bajo.

Mientras descendíamos empezó a tronar y ya casi cruzando el puente de La Banda hacia Iruya arrancó la lluvia. Corrimos cuesta arriba, empapados y refugiándonos de a ratos del granizo.
En el Hostel nos recompensamos con café, pan casero y dulce. A la noche comimos unas pizzas caseras a la parrilla en comunidad.

Eso es lo lindo de los viajes así, conocer gente, historias, vidas. Compartir de forma sana y sincera, sin maquillajes, sin ropas arregladas, sencillos y de entre casa.

Séptima parada - Volvimos a Humahuaca


Volvimos al pueblo de la vaca de forma transitoria hasta tomar el micro que nos llevaría a Salta Capital. Salía a las 2 de la madrugada de la terminal así que aprovechamos el día para pasear por las ferias, hacer compras y subirnos a una combi cerca de la plaza que nos llevó hasta El Hornocal.

Por lejos creo que fue el cerro más lindo que vi. Es enorme, realmente enorme. Majestuoso, lleno de colores, le dicen el de los 14 para redoblarle al de Purmamarca. Las texturas, las formas, te impacta tanto que te deja sin palabras.

Octava parada - Salta Capital

Ahora si nos golpeó el calor. El asfalto, los edificios, la ciudad. El cambio fue brusco y sofocante, sobre todo.

Nos alojamos todos en el Hostel Backpackers. Es lindo, tiene una terraza espectacular para las nochecitas, una pileta con un quincho que funciona como bar, un living con sillones. Nos relajamos un rato, recorrimos la plaza y fuimos a tomar el colectivo para ir a San Lorenzo.


San Lorenzo queda a 40 minutos. Tiene un arroyo muy lindo entre árboles y ferias. Pasamos la tarde ahí, sentados en unas piedras casi adentro del agua, con el mate pasando de mano en mano, como siempre.

Salta se parece mucho a Buenos Aires, solo que a lo lejos se ven cerros. No termina de convencerme su estructura luego de ver tantos lugares sacados de obras de arte.
A la noche salimos a un barcito a tomar cerveza donde el
mozo andaba en rollers por la vereda y no, no se le caía ni una gota.

La anécdota más linda es la de una perrita petiza y gorda, rubiecita y con collar que nos siguió durante toda la estadía. Nos encontró en la plaza mientras buscábamos hospedaje y no se nos separó. No supimos nunca quién era el dueño. Cada vez que salíamos del Hostel estaba ahí, hasta se metió en un descuido y encontró nuestra habitación, se escondió abajo de la cama. Lo triste fue cuando nos vio salir con las mochilas para irnos, empezó a llorar y caminó con nosotros a la estación. Hizo la fila para subir al micro y cuando ya todos estábamos sentados la vimos correr por el pasillo del bus y esconderse abajo de nuestros asientos. Nos partió el corazón no poder llevárnosla, pero por el collar, sabíamos que alguien la iba a extrañar.

Novena parada - Cafayate

La tierra donde vive el sol es muy linda, exhibe con orgullo ese aire de pueblo que aún conserva entre pequeñas marcas de ciudad. 

Nos quedamos en un hostel a una o dos cuadras de la estación, Lo de Chichí. Lindo, con baños limpios, vista a las montañas, desayuno normal, cocina. Te ofrecen muchas excursiones pero lo mejor es contratarlas por fuera con las recomendaciones de la Oficina de Turismo ya que suelen ser más económicas.


Caminamos por las calles de tierra y tomamos mates en la plaza. A la noche visitamos una peña, folclore, vino y cerveza.

En la plaza contratamos, recomendado por la oficina de turismo, a un guía local para ir a La
Quebrada de las Conchas. En un auto vas recorriendo diferentes puntos de la quebrada donde el viento y el agua erosionaron las piedras hasta crear cuevas y formas divertidas como El Sapo, El Monje, El Obispo, La garganta del diablo o el Anfiteatro, donde la acústica natural es perfecta para disfrutar de algún músico callejero que tenga ganas de tocar.

También vimos formaciones de cobre, mica y azufre. Paramos en un local de artesanías y dulces y vimos llamas de cerquita. Son unas dulces.

Como ya mencioné, Cafayate es la tierra del vino y no podíamos irnos sin recorrer alguna que otra bodega. Visitamos una que nos mostró la producción y nos dio diferentes vinos a catar. También fuimos al Museo de la Vid y el Vino y realmente, si bien cuenta la historia del lugar, esperábamos algo más.

Tampoco podíamos irnos de Salta sin probar las empanadas, así que comimos en el patio de empanadas que tiene un montón de sabores de la región y son espectaculares.
En el Valle Calchaqui se canta porque la vida está tan cerca del cielo que no hay que mirar p'arriba.
Cafayate sabe lo que es estar cerca del cielo.

Décima parada - Amaicha del Valle

No sabemos si tuvimos una mala impresión por llegar tarde, cuando todo ya estaba casi dormido o qué pero Amaicha nos desilusionó. No encontramos mucho para hacer, calles oscuras, pocos alojamientos. Después de caminar un rato vimos un camping que tenía habitaciones también. Dormimos ahí pero sin ganas, era todo muy dejado. No teníamos lugar para comer.
Bien temprano a la mañana tomamos un micro para ir a las Ruinas Quilmes, el destino por el cual habíamos decidido parar en Amaicha. El calor era sofocante. Desde dónde el autobús para hasta el lugar hay 5 kilómetros desiertos, sin un árbol que de sombra. 

Las ruinas son muy lindas, realmente lo son, pero quizás ya había visto tantas cosas que me costó sorprenderme. Quizás también esperaba que hubiera algún guía o historiador que me contara más sobre el lugar, pero no. Los kilómetros de vuelta hasta la para del micro fueron eternos, más de una vez pensamos en hacer autostop pero nos dio vergüenza. Era pasado el mediodía y el sol nos daba de lleno en la cabeza. 

Ni bien pisamos Amaicha nos tomamos el micro a nuestro siguiente destino.

Décimo primera y última parada - San Miguel de Tucumán

El viaje llega a su fin. El camino hasta San Miguel fue en un micro chiquito con un conductor que seguramente realizó ese recorrido muchas veces en su vida. Iba a velocidad muy alta por senderos con curvas y precipicios. En un momento frenó, de un lado teníamos un campo muy verde en el que se veía clarito, dónde, a nivel nuestro empezaba una nube. Si, estábamos al nivel de las nubes. Envueltos completamente en ella. Todos los vidrios de golpe eran una neblina blanca, espesa, que tapaba todo lo demás. Del lado izquierdo el vacío. El chofer esperó un rato pero al ver que no se disipaba, arrancó. Mis amigas me pedían que rezara. La falta de confianza nos hizo pasarla mal un rato. Pero llegamos sanas y salvas a destino.

Mientras íbamos pasamos por Tafí del Valle y nos arrepentimos completamente de no parar ahí. Desde los vidrios del micro parecía sacado de libros para chicos.

Finalmente la Capital de la Independencia nos recibió. Nos alojamos en Backpackers, de la misma cadena del de Salta Capital. Visitamos por fuera la Casita de Tucumán, caminamos por la plaza y escuchamos a muchos decirnos "tengan cuidado con los robos". Decidimos tomarnos un colectivo que en 40 minutos nos llevó hasta el Cadillal donde hay un lago enorme, especial para realizar deportes acuáticos, alguna que otra confitería y más verde. Todavía necesitábamos naturaleza.
Dormimos y nos fuimos a la estación, compramos unas empanadas y nos subimos a un micro que algunas muchas horas después nos dejó acá, a unas cuadras de nuestras casas.

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